En un entorno cada vez más competitivo, la gestión del talento se ha convertido en una prioridad para todos aquellos que nos dedicamos a la Dirección de Personas.
El talento ha pasado, así, a ser un bien escaso y muy codiciado, por lo que la mayoría de los proyectos y herramientas que se ha venido desarrollando durante los últimos años desde las áreas de Recursos Humanos, se han dedicado a asegurar la mejor manera de identificarlo, atraerlo y retenerlo. Tal ha sido el esfuerzo por conseguirlo que incluso muchas organizaciones han decidido “jubilar” el nombre del departamento de Recursos Humanos o el de selección de personal y sustituirlo por otros más acordes al nuevo escenario, como el de Dirección de “Gestión de Talento”, “Talent Identification”, etc…
No obstante, toda esta tendencia se ha construido sobre la concepción del talento como algo individual, considerando que es algo inherente a las personas y no a las organizaciones. Por esta razón hemos centrado nuestros esfuerzos en identificarlo y retenerlo. Para ello hemos desarrollado herramientas retributivas, redefinido condiciones laborales, incluido nuevos beneficios sociales… y todo sin pararnos a considerar si realmente nuestra organización cumple con los requisitos reales que este talento nos requiere.
Nuestra reflexión debería ir más allá: ¿Debemos seguir esforzándonos en este modelo de identificación y retención de los individuos con talento, o es el momento de empezar a considerar la gestión del talento de una forma distinta?
¿Debemos seguir actuando como “cazadores/recolectores” de talento o es hora ya de dar el salto y comenzar a transformar las organizaciones en entes capaces de crearlo y cultivarlo?
Del mismo modo que hace 10.000 años la humanidad abandonó el Paleolítico y decidió dar el salto hacia un modelo de subsistencia “productiva”, tomando las riendas de su propio desarrollo y disminuyendo así su dependencia de factores externos, creo que es el momento de que dejemos intentar de “cazar” y retener “individuos con talento” para comenzar a trabajar en construir “organizaciones con talento”.
Llegados a este punto, aparece una cuestión fundamental: ¿Qué podríamos considerar como una organización con talento? Son muchos los factores que definirían este tipo de organizaciones, pero sobre todo deberían caracterizarse por ofrecer un espacio para el desarrollo profesional y personal. Siguiendo con el símil, deberían asemejarse a esa tierra fértil donde el talento pueda crecer y germinar.
El talento es por definición potencial. Desde un sentido físico, no es otra cosa que una magnitud que permite señalar la capacidad de evolución a otra superior. Con esta definición está claro que no tiene ningún sentido incorporar talento si nuestra organización no está preparada para ofrecer este desarrollo o generar las posibilidades de crecimiento que éste requiere.